La cuarta dimensión en la obra de Tadao Ando

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Poco después de bajar del bus en el barrio de Osakasayama, pude encontrar el sereno sendero que corría flanqueado por el río Sayamaike y por una extensa sucesión de cerezos en flor. Esos que marcan con certeza las diferentes estaciones del año japonés.

Inmediatamente ingresé a un estado especial. Ya alejada del infernal ruido citadino, los colores de sus flores y la calma del rio, comenzaron a prepararme para la experiencia.

La escena me envolvió y me transportó a un “modo disfrute”. Enseguida, pude descifrar que no era casualidad. Que esa sensación era producto de un efecto buscado por Tadao Ando. Que, como en cada obra suya, nada queda librado al azar. Que para él, el preludio es tan importante como los propios edificios. Que las sensaciones que genera en los visitantes son parte fundamental de sus propuestas. Y que la preparación de la mente es central en su “tradición del silencio”.

Enseguida pude reconocer, a lo lejos, los volúmenes del arquitecto japonés: dos grandes cajas de hormigón, revestidas por planchas de acero galvanizado solo “adornadas” por unas vigas en “V” dispuestas perpendicularmente. El museo Sayamaike se percibe a varios metros de distancia.

En la primera impresión pude vislumbrar, la influencia Corbusierana y del movimiento moderno. El hormigón visto, la promenade architectural, lo tectónico de sus muros…

Pero cuando comencé a transitar el conjunto percibí que hay algo más subyacente. Un concepto, un espíritu, una historia, una manera de transmitir las vivencias, que trasciende los elementos y su materialidad. Es la filosofía y tradición japonesa que está ahí y se manifiesta en puntas de pie.

Ando plantea recorridos en sus obras, otorgándole a sus creaciones una cuarta dimensión: la del tiempo. Un tema fundamental en la filosofía zen. Sus secuencias de acceso, permiten que al transitarla paulatinamente se alcance un estado de contemplación y conexión con la misma.

Una plaza seca y una rampa que surge de ella, flanqueada por muros de hormigón me invitan a ingresar. A medida que avanzo, las paredes se interrumpen rítmicamente, recordándome el objetivo de la visita. Luego los austeros, pero impecables muros vuelven a cerrarse y me comprimen, me ocultan la visión del conjunto obligándome a una nueva introspección y generando grandes contrastes que no me permiten perder ni por un instante mi capacidad de asombro. Las luces y sombras participan de manera protagónica en el conjunto dándole su propia impronta. El recorrido va calmando mi ansiedad de llegar.

“Los muros cortan los elementos inmateriales y amorfos del viento, de la luz solar, del cielo y del paisaje para luego hacerlos suyos. La tensa relación entre el exterior y el interior se basa en la acción de cortar que para los japoneses no es nada cruel, ni destructiva, es una acción sagrada, es un ritual que simboliza una nueva revelación”. T. Ando

No hay apuro en esta sucesión de escenas, el tiempo participa en cada una de ellas como un protagonista más. Es momento de observar y disfrutar.

La naturaleza, siempre presente. Pero de manera controlada. Los caminos son transiciones, son metáforas del tránsito hacia nuestro interior. Y en ese camino, que no se apresura porque tiene muy claro que el tiempo es fundamental para lograr el objetivo, me sube, me baja, me abre y me cierra las visuales del mundo exterior, comprometiéndome cada vez más, con ese estado buscado por el autor.

Y, de repente, el agua irrumpe en la escena y me regala un edificio extra, con su reflejo. Y esa imagen proyectada perfecciona la obra, le da una magia especial que solo la naturaleza logra.

Rampas y escaleras, me dirigen hacia un itinerario que rodea la obra, seduciéndome con su encanto. Empiezo a percibir el sonido del agua. Los pajaritos se suman a la escena con su canto, completando el clima.

Los muros de hormigón desaparecen y son reemplazados por otros de agua. Finitos y tímidos, al principio. Y cada más contundentes y desafiantes, después.

Ya el agua lidera la escena. El fuerte sonido de las cataratas que caen prolijas e incesantes me concentran, en mi aquí y ahora. La brisa que emana del torrente, me salpica completando esta experiencia arquitectónica en la que participan los 5 sentidos. La ansiedad bajó. Ya estoy lista.

Entonces, ingreso a una imponente y silenciosa rotonda. La espacialidad de dicha rotonda y sus rampas espiraladas me dan la sensación de estar en una metafórica secadora centrifuga, luego de mi reciente inmersión acuática.

El sonido y el agua se van alejando. El cielo, la luz solar y las sombras junto al imponente alero y una columna de cuatro niveles de altura, me dan referencia de mi pequeñez. Al fondo una mínima puerta, me indica, con austeridad, el ingreso al museo.

Me recuerda la importancia de dejar afuera lo superfluo, de mirar a mi interior y abstraerme, pero, también que hay un elemento superior y una vida exterior que no puedo controlar, que tiene en cuenta las estaciones del año y sus cambios. Y que cambia con ellas.

La filosofía japonesa está en cada uno de sus gestos arquitectónicos, en su modo de prepararte, de envolverte y seducirte. Porque la obra no se entrega de pronto. Juega su juego de seducción, se convierte en objeto de deseo, mientras te dirige lentamente a una conexión con la vivencia que está por venir. Guarda energía, contiene para liberar en el justo momento.

Y, en esos juegos de energía y liberación, el uso del agua y la luz son recursos recurrentes en las obras de Ando. Recursos que no siempre usa de la misma manera.

“No creo que la arquitectura tenga que hablar demasiado. Debe permanecer silenciosa y dejar que la naturaleza guiada por la luz y el viento hablen”. T. Ando

Cuando visité el Water temple, en Awaji: el espejo de agua estanca, me transmitió la calma y serenidad necesaria para ingresar a un estado de oración. Sobre su superficie reposan geométrica y estudiadamente dispuestas, una serie de plantas de loto, símbolo ancestral de pureza espiritual, generando una composición estético-artística de una belleza y calma desmesurada. Es el preludio al comprimido ingreso al templo que, en penumbras, nos invita a una introspección. Otra vez, contrastes: naturaleza y control. Iluminación y penumbras.

En el Jardín de las Bellas Artes en Kioto, en cambio, el agua se convierte en soporte y complemento de las obras de arte que, por momentos se sumergen y, por momentos emergen de ella. Los reflejos terminan de componer la propuesta artística. Los caminos se suceden, una vez más, guiándonos por las salas a cielo abierto en diferentes niveles y alturas.

Y, solo al final del recorrido, cuando obtuve la máxima percepción de la dimensión de su muro central, una gran catarata me movilizó y sacudió mis sentidos dando lugar al momento culmine del recorrido.

La obra de Ando aunque tenga una clara influencia del movimiento moderno, no deja de ser un reflejo de la tradición que es inherente a su pensamiento. La arquitectura tradicional japonesa se vislumbra detrás de las paredes de hormigón. Hay una sacralidad milenaria que late detrás de la aparente modernidad de su obra. Y solo al transitarla y recorrerla de cuerpo presente se puede comprender con profundidad. Solo a través de la vivencia, al experimentar los 5 sentidos, al incorporar el tiempo…

Por eso hay una gran distancia entre conocer la obra de Tadao Ando a través de imágenes bidimensionales, que parcializan la realidad y comprometen solo el sentido de la vista, que experimentarlas y sentir en todo el cuerpo el abrazo de su arquitectura conjugada con el entorno.

“No puedes simplemente poner algo nuevo en un lugar. Tienes que absorber lo que ves a tu alrededor, lo que existe sobre la tierra, y luego utilizarlo, junto con el pensamiento contemporáneo, para interpretar lo que ves.” Tadao Ando

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